Las cosechas más puras son sembradas en un suelo que no existe. Eliminan la gratitud y sólo se deben a la primavera.
René Char, Las hojas de Hipnos
#15M
Hay acontecimientos que cambian radicalmente nuestra percepción de la realidad, nuestra forma de estar y relacionarnos con los demás. Acontecimientos que se apropian el espacio, el tiempo y lo subvierten. Su intensidad y efectos son tales que construyen una suerte de vertical imaginaria en la conciencia colectiva, aquella que permite diferenciar entre un antes y un después: dormíamos, despertamos.
Han pasado cuatro años de aquel histórico 15 de Mayo de 2011, cuando muchas y muchos salimos a las calles gritando que no éramos mercancía en manos de políticos y banqueros, que la política realmente existente no nos representaba. Acampamos en diversas plazas -con Sol como centro aparente- y nos atrevimos a ocupar, por fin, el espacio público de nuestros barrios y pueblos. Se trataba de poner encima de la mesa lo que nos pasaba, lo que le pasaba a varias generaciones de personas que, decepción tras decepción, se encontraban sin alternativas ante una partitocracia corrupta y una crisis económica devastadora. El futuro pasaba por ir más allá de las migajas políticas de siempre.
La respuesta del 15M fue recuperar la democracia radical, el diálogo, el consenso y la horizontalidad. Asamblea tras asamblea, logramos construir una nueva cultura política. Así, una sociedad civil desértica -que en años no se atrevió a "hablar de política"- comenzó a llenarse de iniciativas, de distintas apuestas para acabar con las desigualdades y echar a quienes habían provocado la crisis. Allí dónde aparecía un conflicto -educación, sanidad, vivienda, violencia policial, etc.- aparecía una red de solidaridad, un contagio de repertorios de acción, un enjambre de agentes que -gracias a la red- eran capaces de visibilizar lo que estaba sucediendo. Aprendimos, entre otras cosas, a hacer tecno-política y ser productores de información autónoma, ello nos permitió construir una agenda de movilizaciones que no necesitó de los medios de comunicación hegemónicos.
La respuesta del 15M fue recuperar la democracia radical, el diálogo, el consenso y la horizontalidad. Asamblea tras asamblea, logramos construir una nueva cultura política. Así, una sociedad civil desértica -que en años no se atrevió a "hablar de política"- comenzó a llenarse de iniciativas, de distintas apuestas para acabar con las desigualdades y echar a quienes habían provocado la crisis. Allí dónde aparecía un conflicto -educación, sanidad, vivienda, violencia policial, etc.- aparecía una red de solidaridad, un contagio de repertorios de acción, un enjambre de agentes que -gracias a la red- eran capaces de visibilizar lo que estaba sucediendo. Aprendimos, entre otras cosas, a hacer tecno-política y ser productores de información autónoma, ello nos permitió construir una agenda de movilizaciones que no necesitó de los medios de comunicación hegemónicos.
El 15M y su crítica de la representación fueron esenciales para crear un tejido político distinto, empoderado y participativo, que no se dejaba enmarcar ni por las etiquetas ideológicas clásicas, ni por las categorías que la democracia del 78 había forjado para la ciudadanía. Tanto los partidos que querían "liderar" el movimiento como sus detractores tenían problemas para golpear en la diana. Y es que, mal que les pese, tal diana sobre la que acertar no existió nunca. Los marcos eran otros. La gente no quería ser representada por los de siempre, quería participar. Y participar significaba tener voz, ser escuchado y tejer, junto con muchas otras personas, un relato colectivo y vital atravesado por nuevas referencias. La democracia, la crítica a la representación y la horizontalidad, con sus virtudes y límites según las escalas, nos permitieron pasar de ser sujetos a ser agentes. De este modo, se pudo dar forma a una innovadora cartografía de lo social y a una narrativa -o clima específico- que envolvía a quienes se sentían parte del movimiento. Lo importante -lejos de los liderazgos- era ser parte de una totalidad difusa que se reconocía a sí misma en la práctica, en la ética, en la estética y en el discurso. Lo importante era intervenir, de un modo más o menos inmediato, en la sociedad y sus relaciones.
El arraigo del 15M a los antagonismos sociales, como los de vivienda y sanidad, dio lugar a lógicas y repertorios de acción inéditos en la lucha por nuestros derechos. Las Mareas y la PAH, ésta última previa al 15M, han sido y son -por su manera de enfrentar los problemas y entrelazar conflictos- anticipaciones de lo que podría ser un nuevo sindicalismo social. Han sido ya ese sindicalismo, pero su esfuerzo podría ser profundizado y desplegado todavía más (especialmente en el mundo del trabajo, cada vez más diverso en cuanto a sujetos y modelos laborales, y donde los viejos sindicatos no hacen más que naufragar). En cualquier caso, y los años y las iniciativas políticas actuales lo han ido concretando, el 15M no fue una suerte de "ensueño" de jóvenes, sino un movimiento -o haz de movimientos- intergeneracional y arraigado en la materialidad de nuestras vidas. Gracias a la extensión de su discurso y prácticas, el 15M hizo envejecer la política española velozmente al tiempo que prefiguraba otro tipo de ciudadanía y agencia socio-política. De hecho, es este cambio de marco ciudadano el que permite explicar en el plano electoral la emergencia de nuevos partidos, con nuevas dinámicas (a veces no tanto) y herramientas de interacción mucho más actuales -hablemos de Podemos o de las apuestas municipalistas- .
¿Recordar o Hacer?
Recordar el 15M con nostalgia -¡pero si hoy y siempre ya es 15M!- o como una suerte de acontecimiento sagrado, con todo lo que ello significa (¡Amén!), sería el peor de los errores. De hecho, el término acontecimiento no deja de ser algo traidor. Porque aunque marca un antes y un después, no nos habla de las causas que lo produjeron, sino sólo de su capacidad o potencia para dividir la cronología. Fueron muchas iniciativas y colectivos quienes, previamente, prepararon el terreno para la emergencia de algo como "un 15M". Se llevaba sembrando desde hacía años. Pero lo hermoso de las cosechas, como decía René Char, es que eliminan la gratitud y acaban debiéndose sólo a la primavera. Es decir, lo hermoso del 15M es que no es de nadie, es de todas y todos (sigue siéndolo). La cuestión no es, no será nunca, volver a su potencia como recuerdo o nostalgia de un "pasado glorioso", de un momento en el que todo parecía suspendido en una atmósfera efervescente e irrepetible; tampoco sería muy productivo el administrar su identidad como sacerdotes o, peor, como pretendidos promotores de una "marca" (un sacerdocio todavía más horroroso, si cabe). La cuestión está, creo yo, en qué hacer con el 15M hoy. Qué hacer con él ahora. Que es lo mismo que qué hacer con nosotras y nosotros. Y viendo todo lo que se nos viene encima, aunque los resultados del ciclo electoral fuesen los mejores, más nos vale apelar, de nuevo, a su energía para seguir construyendo. Dentro o fuera de las instituciones, en las plazas o en los ayuntamientos. Porque sin sinergias plurales, sin despliegue y desbordamiento, sin innovación más allá de lo institucional, sin creación de redes de solidaridad y movilización, será difícil romper con el relato que nos vendieron, el régimen del 78, y el que pretenden aplicarnos ahora: décadas de miseria y austeridad.
Nos toca seguir.
Pero también celebrar. Feliz #15M a todo el mundo.
Dedicado a las compañeras y compañeros de la Asamblea Popular de Ciempozuelos y Titulcia 15M, sin los que no sería ni un cuarto de lo que soy. Os quiero




